Recorrimos las calles de la capital y fuimos a parar al lago Managua. Entramos a un bar a celebrar nuestra llegada. La vista al mar es estupenda, especialmente el atardecer acompañados de unas ¨Toñas¨ cerveza nicaragüense.
Ya borrachos decidimos dormir en el Auditorio Nacional que estaba al aire libre también a las orillas del lago. Tirados en el suelo, rodeados de basura y borracho me sentí como todo un indigente, solo bucéfalo me recordaba que éramos viajeros. Para nuestra mala suerte llegaron unos policías a pedirnos papeles. Con ese aspecto, borrachos, durmiendo en el suelo y el abuso de autoridad también presente, se armo la confusión, la discusión y después los cocolasos que terminaron en unos buenos macanazos en la espalda. Yo solo recuerdo flashbacks de la historia. Todo el equipaje en el pisto por todos lados, bucéfalo tirado en el piso. Un poco de acción a la aventura. Cuando por fin demostramos que éramos turistas, salieron en retirada en su pequeña motocicleta.
Lo que puedo rescatar de esto es la ironía del viaje. Hemos cruzado países peligrosos de verdad, hemos estado en situaciones de peligro más de 3 veces pero siempre salimos avantes. Ahora en Nicaragua donde nos sentíamos más seguros, mas acogidos por su ideología y por ese sentimiento romántico que emana de las revoluciones sociales es aquí donde la policía ¨amiga del pueblo¨ nos pega. Nos pegan los buenos.
Llegamos a granada, pueblito colonial en su máxima expresión, vivo todavía. Fachadas de casas coloridos edificios, iglesias impresionantes, enormes balcones y campanarios, techos de teja y edifico de gobiernos rústicos. Casi artesanales. Un pedazo de los 1700 que se detuvo en el espacio y el tiempo. Carruajes elegantes a caballo. Conocimos el antiguo hospital de la ciudad y la cárcel que Somoza utilizo como campo de tortura en tiempos de la guerrilla. También sobrevive moribunda la fachada de lo que fue el mercado municipal que después de 300 años sigue albergando a los mercaderes de frutas, verduras, talleres de costura y zapateros. Toda la ciudad me parece un museo viviente. El panteón de aquellos años todavía conserva los restos de las familias más pudientes de la ciudad, enormes lapidas de marfil y cuarzo, grandes ángeles, monjes y cruses velan el dormir de sus muertos 300 años después.
A lo lejos se escucha el lago Nicaragua cual si fuera una playa. Es el segundo lago más grande del continente, vimos grandes pantanos, bahías y embarcaderos. También lo conocen como el mar de agua dulce ahí habitan la única especie de tiburón de agua dulce.
Partimos a Peñas Blancas, frontera con Costa Rica
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